Autores, César Panza

ANOTACIONES FÍSICO-POLÍTICAS A PARTIR DE 3 NICOLÁS – CÉSAR PANZA

Acción, reacción e inercia.

La mayoría de nuestras preocupaciones políticas son asuntos que se conciben desde las nociones de orden y desorden, construcción y destrucción. Si se piensa en términos de situaciones de fuerza, podríamos decir que todo cuanto pensamos a partir de la experiencia y la inferencia, lo enunciamos en términos de equilibrios y desequilibrios. La razón principal es que el movimiento lo presupone así, todo cuanto cambia proviene de un desbalance.

Sin embargo, aunque son ideas que vienen de las ciencias naturales, orden y caos no dejan de tener matices morales que contraponemos a la realidad tal y como es, efectiva, violenta y acelarada. Distinguimos a uno de otro desde un “deber ser” más bien problemático, porque muchas veces no es más que un dogma que no pretende crear nuevos equilibrios sino más conservarlos e incluso volver a configuraciones caducas que intereses minoritarios hacen pasar como las mejores con premeditación y alevosía, haciéndonos imaginar ya sean pasados donde manaban leche y miel de los ríos o  futuros como los de los vecinos que lograron construir su buen gendarme en el libro mercado, escondiendo -permítase el eufemismo- a la pobreza. Es la reacción. Y a ella la miramos con cautela, porque es maestra del prejuicio de creer que la historia toma partido y está a favor nuestro. Una cita de W. Benjamin, un poco larga, viene al caso porque replantea la discusión sobre el trabajo y la propiedad: Nada ha corrompido tanto a los obreros alemanes como la opinión de que están nadando con la corriente. El desarrollo técnico era para ellos la pendiente de la corriente a favor de la cual pensaron que nadaban. Punto éste desde el que no había más que un paso hasta la ilusión de que el trabajo en la fábrica, situado en el impulso del progreso técnico, representa una ejecutoria política. La antigua moral protestante del trabajo celebra su resurrección secularizada entre los obreros alemanes. Ya el «Programa de Gotha» lleva consigo huellas de este embrollo. Define el trabajo como «la fuente de toda riqueza y toda cultura». Barruntando algo malo, objetaba Marx que el hombre que no posee otra propiedad que su fuerza de trabajo «tiene que ser esclavo de otros hombres que se han convertido en propietarios». Un concepto vulgarizado de lo que es el trabajo no se pregunta con la calma necesaria por el efecto que su propio producto hace a los trabajadores en tanto no puedan disponer de él. Reconoce únicamente los  progresos del dominio de la naturaleza, pero no quiere reconocer los retrocesos de la sociedad. Reconocer el poder de las fuerzas antagónicas que rigen al sistema-mundo, a su capacidad de mutación y disfraz no significa negar las propias responsabilidades en la dirección que tomamos. Pero la desproporción no es despreciable.

El “deber ser” que interesa tiene que ver con esa dirección. Desde una posición menos narcótica y con miras a la construcción de otra soberanía, él está orientado a la creación de un nuevo equilibrio de las fuerzas que realmente existen y están en pugna, partiendo de aquello que se considera una tendencia para orientarla y moverse con ella, para su dominio y superación. O mejor dicho, si queremos brincarle a eso de la “doma de la historia”, resonar junto a la tendencia de la historia de la biosfera con esa autonomía que solo lo vivo posee: esas imperfecciones que permiten asociaciones simbióticas increíbles, selecciones muy precisas y resultados reproducibles hasta en las condiciones más sensibles y adversas.  El “deber ser” es, entonces, un hacia qué orden convergerá el desorden concreto de las relaciones sociales actuales, hacia dónde se les puede llevar, cómo amortiguar una caída inevitable: no con un acto arbitrario y aventurero, mucho menos como un acto necesario. Ni las crisis ni las guerras se resuelven con inercia, solo demuestran que existen las condiciones necesarias y suficientes, maduras, para que ciertas tareas puedan y deban ser resueltas históricamente, en  la medida en que todo deterioro del deber histórico aumenta el desorden necesario y prepara catástrofes más graves.

Ahí es donde entra el Galileo de la política. ¿Cómo no devenir en menos? Nicolás Maquiavelo, la lectura más justa para estos tiempos, nunca dijo que sus propósitos fuesen los de revolucionar la realidad, sino nada más mostrar cómo deberían haber actuado las fuerzas históricas para ser eficaces en los que se propusiesen: siendo mi propósito escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente ir directamente a la verdad real de la cosa que a la representación imaginaria de la misma. Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nadie ha visto jamás ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que quien deja a un lado lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende antes su ruina que su preservación: porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno, labrará necesariamente su ruina entre tantos que no lo son. Los fines que nos hemos de fijar no están condenados a la degradación inexorable y la disipación de la energía como nos han hecho creer los divulgadores de la CIA científico-cultural con una interpretación parcial de la segunda ley de la termodinámica. Los fines que están a la orden del día no son sino la demanda impostergable de creaciones de mayor complejidad, eficiencia y belleza. Formas de gobierno donde se identifiquen la ética, la estética y la economía. Nada gigante, algo modesto donde lo cotidiano no sea un calvario, a la escala de los recursos que tengamos al alcance, teniendo a la educación como nervio a la medida de las necesidades que apremian a las mayorías para continuar. Medidas concretas que no sigan siendo concesiones a la reacción o tributos a la inercia, medidas que sean ejecutadas por las únicas fuerzas interesadas en su consecución: las fuerzas populares trabajadoras de todo el territorio nacional, en toda la gama de puntos programáticos de mayor urgencia.

Nicolás Chamfort tiene una máxima que vive entre el humor y la claridad, como debería ser toda sabiduría. Nos dice algo que los físicos modernos han estudiado sobre la experiencia local del caos molecular, pero mucho más vinculado a los procesos sociales: En el instante en que Dios creó el mundo, el movimiento del caos debió hacer al caos más desordenado que cuando descansaba en un apacible desorden. Así, entre nosotros, la confusión de una sociedad que se reorganiza debe parecer el exceso del desorden.

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