Autores, Julio Ramón Ribeyro, Oficio Puro

LOS FANTASMAS DE BALZAC Y MAIGRET – JULIO RAMÓN RIBEYRO

 

OFICIOPURO

 

Traducción al español por Danielle Triay.

Fuente: Le Nouvel Observateur, 1987

 

(…) Bajando por la calle Saint-Jacques veo frecuentemente a François Villon despedazando a estocadas a un monje impertinente. La calle de la Harpe me recuerda que Montaigne  ya la consideraba como “calle comercial”, pero también me hace rememorar esta calle la pensión miserable en la que Verlaine escondía su desasosiego entre dos estadías en el hospital. En los barrios del Marais y Halles  todavía persiste la sombra de los mosqueteros de Dumas y de las barricadas en que muere Gavroche. Solo queda de la Bastilla el nombre, pero cómo no recordar que el marqués de Sade pasó una temporada allí y, además, cómo no evocar las versiones tan diferentes entre sí de Chateaubriand y Michelet con respecto a la toma de esa fortaleza.  Deambulando por los Grandes Bulevares de golpe nos asaltan imágenes como esa de Stendhal cayendo muerto en pleno bulevar de los Italianos o la de Frédéric Moreau esperando en vano a Madame Arnoux frente a un hotelito de la calle Tronchet. Al atravesar el Puente Viejo siento subir en mí, a pesar del ruido de los vehículos, el eco de la feria agrícola descrita por Nerval en “La Main enchantée”, igual que como ante cada crepúsculo parisino evoco los crepúsculos cantados por Baudelaire.

APARICIONES INÉDITAS

En resumen, en cada lugar que visitamos nos espera Balzac, cada rincón de París pertenece a la “Comédie Humaine”, los fantasmas de Rastignac, Lucien, Goriot, Vautrin permanecen allí por siempre. Hay que esperar a Proust para que una nueva fauna, rica y vivaz como aquella, invada la ciudad.

París es para mí una ciudad literaria. Lo que la distingue de otras ciudades –más grandes, bellas o más habitables-, son los miles de escritores que han vivido y escrito en ella, que han dejado allí testimonios tan poderosos y lacerantes que han llegado a construir una ciudad imaginaria en la real; esa ciudad imaginaria nos interpela y nos invita a leerla como un libro. Un libro abierto, inacabado que continúa escribiéndose. A las hermosas páginas del pasado se agregan otras que extienden nuestra visión de la ciudad y alimentan el sueño colectivo: una calle de un suburbio descrita por Céline, Apollinaire encima del puente Mirabeau cantando al Sena y sus amores, un bistrot de Belleville donde el Comisario Maigret bebe su vino blanco, esos acróbatas desteñidos que atraviesan una elegía de Rilke.

Esta visión de París, por supuesto, es muy subjetiva e incluso libresca. Desgraciadamente omito muchas cosas que podrían decirse sobre el París cotidiano. De todos modos, las ciudades desaparecen mas los libros perduran. Las ciudades perduran en los libros. Conocemos a Troya por medio de la “Ilíada” y a Roma antigua más llena de vida en Horacio y Ovidio que en las ruinas del Foro.

 

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