Autores, César Panza

LA ARTICULACIÓN NATURAL, CINCO REFLEXIONES BIOMÉTRICAS – CÉSAR PANZA

1. Articular naturalmente Los investigadores y escritores de física, química, biología o medicina, son en general personas de carácter suave, uniforme y, por lo común, felices. Al contrario de ellos, los que escriben y estudian sobre política, leyes, economía, en incluso sobre moral, son de temperamento triste y melancólico, a veces cínicos o pesimistas. Se podría decir que se debe a que los primeros estudian la gran obra de la Naturaleza, mientras que los otros detienen su atención sobre el hacer humano, aunque éste realmente no sea más violento y convulso que la otra. Los dominios de ambos discursos son irreconciliables, por más que sepamos que también somos partes dinámicas de la Naturaleza. Pues, cuando los científicos se atribuyen la función de describir y explicar con un pH=0, en el fondo, también buscan -como los humanistas- alterar, persuadir y ordenar. Sus palabras no son menos instrumentales y el conocimiento que portan es parcial. La mayoría de los que se fascinan por la vida secreta de las hormigas y las abejas, albergan en el fondo de sí, un argumento analógico y apologético a la monarquía y a la estructura piramidal y divida de la sociedad en la que viven. Sin embargo, en ciertos instantes de peligro, cuando el temperamento debe ser lo más suave y calmo posible, puede ser útil articular naturalmente, es decir, pensar-nos como si no fuésemos del todo obra de nosotros mismos, a riesgo de despersonalizar la política, sí, pero en la necesidad de procurarnos otra perspectiva. Si alguna vez fue útil “separarse de la naturaleza” para aprender de ella en función de “dominarla”, puede que sea el momento de asumir que no nos hemos emancipado de la naturaleza externa. Todo lo contrario, el “dominio” se ha invertido y de pronto se ha desnudado del disfraz civil y racional con la que, por mucho tiempo, se disfrazó al Estado Natural. El derecho y la potestad no son sino asuntos de fuerza y lo común se ha diluido. 2. La fábula de Menenio de Agripa Hay una vieja fábula romana que relata lo que sucedió en el cuerpo de un hombre cuando no había acuer¬do entre sus miembros. Sucedió que algunos miembros urdieron una conspiración contra el estómago, porque pensaban que éste, por estar en medio del cuerpo, no hacía nada y sólo se dedicaba a disfrutar del alimento que recibía por el trabajo y esfuerzo de los demás. Indignados por esto, confabularon entre sí para que las manos no llevaran alimento a la boca, para que la boca no lo aceptara y los dientes no lo trituraran; imaginaban que así podrían someter al estómago por hambre, pero pronto se dieron cuenta de que todo el cuerpo adelgazó extremadamente. Entonces fue así que los miembros del cuerpo en¬tendieron con toda claridad cuál era la verdadera función del estómago: él también los nutría al enviarles, por igual, la sangre que elaboraba por medio de la digestión de los alimentos que recibía. La fábula se vuelve más interesante cuando se conoce su contexto. Su origen data del 492 antes de Cristo. Entonces la plebe romana se lanzó a una huelga general. Estaban ahorcados por deudas que los reducían ser a esclavos de sus acreedores, o se veían empujados a formar parte del ejército romano en conflicto con los pueblos vecinos con la promesa falaz del perdón de la deuda. Además, no tenían participación alguna en la toma de decisiones de la vida política de la República. Todo esto signaría un conflicto clasista con los patres romanos que se prolongaría durante años. Sobre la condición del pueblo, la historia registra un discurso atribuido a un plebeyo que vale la pena citar: en Roma a ninguno de nosotros le queda un lote de tierra, ni una casa de sus antepasados, ni sacrificios comunes ni una posición, como en una patria. Algunos de estos bienes los han destruido las muchas guerras, otros los consumió la escasez de alimentos y otros los han arrebatado esos arrogantes prestamistas para quienes hemos acabado, desgraciados, obligados a trabajar las tierras, cavando, plantando, arando y cuidando rebaños, compañeros de esclavitud de sus prisioneros de guerra, atados unos con cadenas, otros con grillos y otros con collares y bloques de metal como las fieras más salvajes. Y no hablo de los malos tratos, ultrajes, azotes, trabajos de sol a sol y todas las demás crueldades, insultos y arrogancias que hemos soportado. Los patricios romanos, críticamente amenazados por aquella huelga general de trabajadores y artesanos, encomendaron a una comitiva de senadores ir al Monte Sacro, donde estaban retirados los plebeyos secesionistas, a resolver el conflicto. Y así se hizo, tras acordarse la condonación de las deudas, con garantías asumidas por la familia de los delegados y la creación de dos nuevas magistraturas en el Senado, sin otro poder y finalidad que la de auxiliar a los plebeyos, asunto que marcaría el inicio de reformas populares al derecho romano. Maquiavelo ve en tales disputas la fuente del poder y la libertad de Roma: Y si alguno dijera que eran procedimientos extraordinarios y casi feroces los de gritar el pueblo contra el Senado, y el Senado contra el pueblo, correr el pueblo tumultuosamente por las calles, cerrar las tiendas, partir toda la plebe de Roma, cosas que sólo espantan a quien las lee, diré que en cada ciudad debe haber manera de que el pueblo manifieste sus aspiraciones, y especialmente en aquellas donde para las cosas importantes se valen de él. Roma tenía la de que, cuando el pueblo deseaba obtener una ley, o hacía alguna de las cosas dichas, o se negaba a dar hombres para la guerra; de manera que, para aplacarle, era preciso satisfacer, al menos en parte, su deseo. Rematando inmediatamente: Las aspiraciones de los pueblos libres rara vez son nocivas a la libertad, porque nacen de la opresión o de la sospecha de ser oprimido y cuando este temor carece de fundamento hay el recurso de las asambleas, donde algún hombre honrado demuestra en un discurso el error de la opinión popular. Los pueblos, dice Cicerón, aunque ignorantes, son capaces de comprender la verdad, y fácilmente ceden cuando la demuestra un hombre digno de fe. Se dice que las conversaciones en el Monte Sacro estuvieron a punto de romperse hasta que uno de los delegados de la nobleza romana, Menenio de Agripa, intervino anunciando el perdón de las deudas y luego relatando la fábula en cuestión, recurriendo a la comparación entre la sedición interna del cuerpo y la ira de la plebe contra los patricios para torcer la opinión de los representantes del pueblo trabajador. De inmediato se empezó a tratar la reconciliación y se acordó la creación de los tribunos de la plebe. Toda comparación cojea y no cabe duda de que ésta es (muy) sesgada: el estómago bien podría haber sido la plebe, y la conspiración contra ellos las deudas y las guerras. Apelar a parábolas en argumentaciones es, por lo general, retórica. En este caso particular, el estómago patricio que alimenta a los sediciosos miembros plebeyos no logra explicar cómo es que pueden alimentarse los miembros de un hombre llenando el estómago de otro (Marx dixit). Sin embargo la fábula es muy atractiva como modelo para estudiar la composición orgánica de las sociedades humanas, uno de los cuerpos sociales de la biosfera, uno muy particular. Sobre todo cuando los instantes de peligro que vivimos hoy se presentan como crisis metabólicas de ese hipotético organismo superior del que somos células. 3. Anatomía patológica. El ignorante y pusilánime no está más obligado por el derecho natural a organizar sabiamente su vida, que lo está el enfermo a tener un cuerpo sano. (Spinoza) Hoy Venezuela no es precisamente un cuerpo autónomo, tampoco un sistema, ni mucho menos un órgano, quién sabe si acaso tejido… El descenso en las escalas puede proseguir, reducirnos al microcosmos más simple para operar por analogía. Si hay un sistema que está enfermo es el mundo entero, su cuadro patológico es el cáncer capitalista. Nosotros, imbuidos en sus ciclos, estamos bastante lesionados, quizás sin poder hacer el examen clínico que determine con detalle las consecuencias funcionales de la alteración en nuestra estructura social. Se ha demostrado una extraordinaria capacidad de resistencia a los elementos patógenos, así como de adaptación. Pero ya es momento de dar cuenta sobre si se ha sobrepasado esa capacidad de adaptación, si la lesión será reversible o no. Parece que las causas se han sobrevenido todas juntas: isquemia, traumatismo, agentes infecciosos, alteraciones genéticas, variaciones ambientales, agentes inmunitarios, acumulación de sustancias químicas tóxicas endógenas y exógenas, o ese desequilibrio nutricional que nos hace tan susceptibles de enfermedades oportunistas –sí, tal y como sucede la mayoría de la población, nos sucede como nación. La comparación debe ser más útil e ir más allá: es necesario balancear la influencia de todas esas causas para entender cómo nos hemos adaptado, evaluar la inflación y mirar hacia donde irán los cambios morfológicos, dada la patología que nos aqueja. Incluso, luego de cualquier diagnóstico ya conocido: poder distinguir, antes de que se sobrevenga alguna, entre muerte por necrosis y muerte por apoptosis. Entonces vendrá la prescripción facultativa: dieta, reposo y terapia, si es que hasta allí alcanza el símil médico y se trata de sanar o reparar algo. O de cortar de tajo y cambiar definitivamente. 4. Los límites del racionamiento natural frente a las revoluciones La pata coja de la articulación natural es justamente la concepción del cambio en la Naturaleza: cuándo un funcionamiento deja de ser bueno, y se enferma; cuándo la enfermedad deviene en muerte y cuándo lo patológico no mata sino que cambia. Con esto se quiere decir que las revoluciones no son objeto común de los discursos naturalistas, los cuales son frecuentemente muy conservadores, sea porque sirven a los poderes establecidos o sea por las dificultades metodológicas que reporta el estudio de las discontinuidades, divergencias, rupturas, histéresis, cambios de fase, caos y bifurcaciones. Por ejemplo, el estudio científico de la morfogénesis es muy reciente, aunque lleve ya rato siendo estudiada por la filosofía de la praxis. Hay un ejemplo excepcional en el viejo Simón Rodríguez, una incursión precursora en la biomímesis, una intuición aguda y generosa. Cito al adelantado maestro, más descriptivo y menos parabólico que Menenio: Los pueblos no pueden dejar de haber aprendido, ni dejar de sentir que son fuertes: poco falta para que se vulgarice, entre ellos, el principio motor de todas las acciones, que es el siguiente: la fuerza material está en la MASA y la moral en el MOVIMIENTO. Hasta para arrancar un cabello, es necesario este raciocinio: todos se deciden a la acción por él, aunque no lo conozcan; pero la necesidad determina la especie de acción, y las circunstancias declaran la necesidad. Hasta aquí, las dos fuerzas han estado divididas: la moral en la clase distinguida, y la material en el pueblo, a imitación de las plantas que llevan, en dos pies, distintos, los órganos de su generación: en uno el polvo fecundante y en otro el germen de la semilla (los naturalistas llaman este modo de existencia dioecia, dos casas o doble habitación). Ahora, es menester que vivan de otro modo, a imitación de otras plantas que en un mismo pie, tienen los dos poderes (los naturalistas llaman este modo, monoecia, una sola casa o habitación) Simón Rodríguez reconoce, como los romanos de la fábula del cuerpo en crisis, la división en el ejercicio de las funciones y acciones políticas. Pero no cree que esto pueda/deba ser así para siempre. Ya entonces reconocía que las circunstancias declaran la necesidad que determina la especie de acción. Las sociedades han llegado a un nivel de desarrollo que ni pueden ser monárquicas como lo eran, ni republicanas como se pretende que lo sean. El estudio de los cambios en la morfología de los cuerpos sociales es muy difícil por su dinámica multifactorial y altamente no lineal. No es necesario discurrir en consideraciones teóricas al respecto, la historia abunda en ejemplos. Los cambios ocurren por oleadas periódicas con diferentes amplitudes: una clase que lucha por el poder (para ejercerlo de forma nueva) avanza contra los representantes de una vieja sociedad que se niegan a considerarla muerta, esta nueva clase también avanza (ejerciendo a veces el poder en la forma vieja) contra los grupos o partidos más nuevos que consideran como superada también a la nueva estructura surgida de los cambios promovidos en la lucha reciente. Así se exterioriza la vitalidad frente a lo viejo y frente a lo más nuevo, pero sugiere quizás que los cambios son gatopardianos: no están ni en el futuro ni en pasado, se pelea por una república con métodos monárquicos. Las revoluciones así parecen no ser permanentes, respiran por períodos de acuerdo a como cambien las configuraciones en las relaciones de fuerza. Se trata de la pugna entre la tesis del ataque frontal sostenido y la tesis de la alianza de un frente amplio de clases con subordinación militar, es decir, la guerra de movimiento vs. la guerra de posición. Ambas tendencias adolecen de degeneraciones necrosantes: la primera se presenta con mayores elementos de azar e incertidumbre, maniobras aventureras condicionadas a que sean frecuentes los ataques frontales conducentes a la derrota y al desgaste suicida, como si bastase que la victoria fuese moral. De la segunda dicen A. Gramsci: La guerra de posición requiere sacrificios enormes y masas inmensas de población. Requiere una considerable concentración de la hegemonía y, por tanto, una forma de gobierno que tome más abiertamente la ofensiva contra los grupos de oposición y organice permanentemente la “imposibilidad” de disgregación interna, con controles de todo tipo: políticos, administrativos, etc., consolidación de las “posiciones” hegemónicas del grupo dominante. Todo eso indica que se ha entrado en una fase culminante de la situación político-histórica, porque en la política la “guerra de posición”, una vez conseguida la victoria en ella, es definitivamente decisiva. El italiano Antonio piensa a los cambios sociales como sucesiones vasculares de eventos, no centrados en un solo acontecimiento sino como un proceso complejo y contradictorio, algo como una reacción química inestable que requiere disputar las voluntades, el sentido común, las formas de pensar, el consenso del conjunto de la población, de las masas en su totalidad. Sin embargo, esta forma de alianza policlasista, como abunda en concesiones y se rige por la disciplina, el orden y la subordinación, es susceptible de ser tomada por fuerzas oportunistas e incompetentes que en sus contradicciones fácilmente se aíslan de los partidos que la siguen y devienen en contrarrevolucionarias, marcando retrocesos atroces, así sea transitoriamente. Y más, cuando ciertas posiciones estatales han perdido valor y sólo importan las posiciones decisivas, entonces se allana el tránsito a la guerra de cerco, cerrada, difícil, que demanda una paciencia excepcional, un espíritu ladino e inventivo, así como una modulación virtuosa entre la cautela y el arrojo como quien desanda caminos culebreros. No se sabe hacia dónde dirigen, mucho menos dónde acechan los peligros mortales. Cierra Gramsci, como queriendo explicar el malhumor y la desesperación de quienes escriben, estudian y lideran los fenómenos de la organización funcional de los humanos, así como de los políticos profesionales y dirigentes: En la política el cerco es recíproco, a pesar de todas las apariencias, y el mero hecho de que el dominante tenga que sacar a relucir todos sus recursos, prueba el cálculo que ha hecho acerca del adversario. 5. Educación, observación y Naturaleza. La principal característica de los seres vivos es quizás su capacidad de reinvención constante, su disposición a volverse cada vez más complejos enlazándose con la diversa multiplicidad de la biosfera, desde la individuación y la agregación poblacional. Forma esta que se da para luchar contra el creciente desorden de la Naturaleza en constante cambio. Como porción de la Naturaleza, debemos reconocer, observando a nuestros semejantes bióticos, la posibilidad de emularlos para encontrar pistas que nos ayuden a inventar nuevas formas de organización. En esa tarea no se está atrasado. Un piscicultor del Estado Zulia, maestro pueblo en el Programa Todas las Manos a la Siembra, reflexiona con sabiduría sobre las condiciones para tomar la decisiones efectivas y eficientes. Dice que si queremos la solidez de los árboles en las organizaciones populares, se requiere tiempo para lograr la verticalidad que las sostenga y procure al fin, en la copa, la horizontalidad democrática de la fronda en la procura del alimento solar. Tal reflexión, poética por lo demás, es un ejemplo de las nuevas células populares y comuneras, las que poco a poco suplantan y sustituyen sin improvisación a los tejidos enfermos de las viejas posiciones estatales, con especial interés en los centros de formación para el trabajo productivo. No miente entonces Rodríguez nos recuerda que: En todo estado de adelantamiento, hay unas gentes más adelantadas que otras: hoy no son pudientes los que tienen, sino los que SABEN más: estos deben ocuparse en enseñar, o en proteger la enseñanza, para poder disponer de masas animadas, no de autómatas como antes. No hay buen General sin buenas tropas, ni buenas tropas sin buena disciplina.

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