Autores, César Panza

ENTRE EL LAISSAEZ-FAIRE Y EL PROTECTORADO, SOBRE LO QUE NO DICE ULISES – CÉSAR PANZA

La primera vez que leí sobre Escila y Caribdis fue en un ensayo del matemático italo-americano, Gian-Carlo Rota, un pensador serio y comprometido, antifascista hasta la médula y además un buen docente. Decía en el texto que la investigación científica se debatía entre la Escila del desprecio profesional y la Caribdis de la comprensión pública. No sabía a qué se referían esos dos nombres, aunque se podía inferir que era un estar “entre la espada y la pared”. Cuando lo leí ya me iba viendo que la mayoría de las indagaciones científicas, cuando son importantes y fundamentales, son oscuras y difíciles de comprender hasta para los expertos. Mientras que lo fácil de entender y explicar al público, son asuntos de divulgación, viejas verdades se volvieron pertenencia del sentido común. Ciertamente, el ocultismo de los lenguajes científicos es sospechoso, porque aunque muchas veces esconde en sofisticadas metáforas los fascinantes secretos de las fuerzas naturales también encubre embauques, presunciones o locuras. Pero es algo inevitable. Investigar es ir hacia lo desconocido, hacia lo que nadie le ha puesto nombre. Pocos saben lo que se habrá de encontrar salvo por leves intuiciones. Es un camino a ciegas y culebrero, tan arduo como hacer una revolución.

A la referencia de los dos nombres, Escila y Caribdis, no la entendí porque entonces no había leído a Homero, se trataba de un mito mediterráneo referido en su poema Odisea. Cosa de cuidado es el pobre snobismo de pobre que anda tachando a la mayoría de las grandes obras del arte universal de “lenguaje al servicio del poderoso” en su afán de mantener el orden establecido. Aseveración que no es del todo falsa, pues en particular este poema relata la historia de un griego bastante astuto, Ulises, que volvía de una guerra, llorando por su heredad y fortuna, mientras que cuidaba a su botín, a sus hombres, y andaba enamorando a la gente con el relato de sus viajes. Pasa largo tiempo antes de que uno pueda librarse con esfuerzo de cualquier vicio o prejuicio, que no solo condena a la ignorancia, sino también a perderse el deleite de ciertas cosas que ya no pagan copyrights y que, mal que bien, son patrimonio común de todos los pueblos, pues llevan dentro de sí, cifrado o casi borrado, trazos de los saqueos simbólicos que han perpetrado algunas bárbaras civilizaciones. Entiéndase por qué el oxímoron: la belleza y estilización de ciertos pueblos esconden severas monstruosidades.

Hace poco volví a ver la referencia en un artículo de Jalife-Rahme, donde con mucha precisión, da detalles de la tormenta que azota a nuestros vecinos del norte. Decía: “Trump navega entre dos graves peligros que se han gestado en el Partido Demócrata que (pre)siente poder descolgar la mayoría en la Cámara de Representantes: entre el Escila del impeachment (defenestración), que aboga su ala más izquierdista, y el Caribdis de perseguir al presidente por evasión fiscal y quien tendría que hacer públicos sus más de 500 (sic) negocios en el mundo.” (https://www.jornada.com.mx/2018/09/09/opinion/014o1pol). Desde hace rato venía rumiando el cuento de Escila y Caribdis, para pensar sobre las dificultades que atravesamos, no solo como nación sino también como planeta. Dificultades tremendamente correlacionadas con la referida Tormenta Americana. (http://rebelion.org/noticia.php?id=245496)

*

El mito, como lo presenta Homero en Odisea, describe la existencia de un lugar en el mar mediterráneo, un canal en el que a un lado está un gruta, con la monstruosa Escila viviendo allí, con torso de mujer y cola de pescado, doce patas deformes, seis largos cuellos rematados con cabezas que tienen bocas dentadas en tres filas fatales, aúlla como una perra recién nacida, es inmortal y se alimenta de todo ser que entre a su alcance. Al otro lado del canal se forma un remolino, Caribdis, que de forma periódica (tres veces al día) chupa el agua y atrapa a todo cuanto pasa a su lado, así sean grandes embarcaciones que al cabo devuelve ya destrozadas. Como el canal es angosto, al pasar los barcos por allí, corren doble peligro, pues si no caen en las fauces de Escila lo hacen en la espiral de Caribdis. Parece que el mito tiene un lugar físico real, allá en la cuna mediterránea del capitalismo: un paso entre Sicilia y Calabria, al sur de Italia, llamado el estrecho de Mesina. Un canal cuya parte más estrecha no mide más de 3 Km de ancho. Al final, en el poema, Ulises logra atravesarlo. Cómo lo hizo, es objeto de párrafo aparte.

No es la primera vez que se utiliza ese cuento  como una alegoría para representar el antiguo y todavía irresoluto conflicto económico-político entre el librecambio y el proteccionismo, entre liberales y keynesianos (https://www.eldiario.es/norte/vientodelnorte/Tsipras-malditas-sirenas_6_410218982.html). El problema en particular no solo es transversal a todas las teorizaciones sobre la economía sino que también está en el propio origen de los Estado-Nación. Por ejemplo, entre 1520 y 1599 el oro americano que entraba en Europa vía España, hizo estragos en los precios del trigo mientras se encendía el descontento popular contra el orden monárquico. El viejo continente experimentaba la paradoja de la moneda, el comercio y la acumulación de las riquezas. Las cortes francesa, inglesa y española, sorprendidas por tales convulsiones, inéditas en su historia, se vieron en la necesidad de: delimitar un mercado nacional, reducir la importación, organizar la manufactura, estimular la producción nacional, expandir sus colonias y procurar aumentar la exportación. Proteger al interior y tratar libremente con el exterior. El drama se ha repetido  varias veces  y con mayor violencia desde entonces, ¿cómo no prefigurar que tal conflicto se replicaría alrededor del lecho de la agonía y muerte de los Estados modernos?

En el sistema social donde las cosas y las personas se organizan de acuerdo a la propiedad privada y el capital, es decir, en donde los que tienen dinero, fábricas, tiendas y campos mandan por sobre los que no tienen nada sino su fuerza y su conocimiento para trabajar, el enriquecimiento ocurre gracias a la explotación, el pillaje, el despojo y la represión. Visto en grande, es un sistema que se funda en un estado de guerra y conquista permanente. Describo al estado actual de la sociedad del mundo con palabras de los zapatistas por su extraordinaria virtud de síntesis. En esos términos, el capitalismo es un sistema en crisis perpetua, inestable y altamente volátil. Concebirlo de esa forma es útil, sin duda, para mostrar cómo la lucha de clases es uno de sus motores. Pero generalizar lo que denota la palabra crisis, puede traer ciertas confusiones importantes y costosas. Si se mira con mayor detalle, el capitalismo tiene ascensos y descensos, auges y caídas: en su propia ley lleva un comportamiento que lo satura, la promesa con la que se presenta lleva dentro de sí una parálisis y así se despliega en una repetición de periodos de actividad moderada, prosperidad, superproducción, crisis y estancamiento. La última causa de su crisis, siempre es la acumulación de las riquezas por un lado y el subconsumo de las masas despojadas por el otro. De modo que siempre anda en compañía de dos amigos indeseables, la inflación y el desempleo. Tal comportamiento oscilatorio no ha preocupado solamente a los explotados, sino también a los propios explotadores. Y para cada período ha correspondido criterios de gobierno económico completamente distintos y opuestos, como lo son el librecambio y el proteccionismo.

Redondear la idea del mito de Escila y Caribdis para comprender el conflicto entre tales dispositivos gubernamentales a este punto reporta una dificulta, ¿quién es la Escila y quién es Caribdis? Seguro que ambas pueden ser fatales. Pero, de hecho, una lo es más que otra.

Ciertos momentos exigen una acuciosa y transparente planificación como instrumentos de primer orden, la intensificación de esa racionalización y cálculo que Lukács veía como el origen de la cosificación del ser humano, requerida no solo por las necesidades internas sino también a causa del peso de las crisis que los vecinos regionales, aliados y adversarios, podrían padecer. Se suman además ciertos objetivos sociales: huirle al desempleo como si fuese la peste, resistirse a la flexibilización de las relaciones laborales y no permitir la proliferación de la educación de maquila como proceso de depreciación de las fuerzas productivas. Estos objetivos pueden estimarse como axiomas humanistas, sí, pero no son más que necesidades económicas que ven en la conflictividad social una fuente de irracionalidad que compromete a los ciclos productivos. El conjunto de tales exigencias implica unas políticas de control e intervención en materia de asignación de recursos, decisiones de inversión y crédito, estímulo y protección a la producción nacional, equilibrio de los precios, consumo y ahorro. Todo lo que caracteriza a la política keynesiana.

Por otra parte, en otros momentos pueden aparecer serias limitaciones en la adopción de nuevas tecnologías y competencias, la renuencia de los capitales privados a tomar riesgos por considerar comprometidos el retorno de las inversiones y la tasa de ganancia, las variaciones en la composición demográfica, la inestabilidad en las relaciones geopolíticas y, sobre todo, la deriva oscura de los mercados. A lo que el liberalismo propone el levantamiento de toda racionalización estatal sobre los incentivos de la riqueza: sean aranceles aduaneros, recaudaciones fiscales, legislaciones laborales, regulaciones sobre salarios, niveles de producción y precios, fijación de tasas de interés, experimentos de propiedad colectiva, establecimiento de servicios públicos, estatizaciones, etc. El postulado teórico es que la justicia social sucede en el mercado en cuanto obedece a mecanismos naturales, es decir, formas espontáneas de vinculación entre la producción y la necesidad con un nivel de complejidad tan extremo que, si se procura modificarlas, las alteraciones desnaturalizantes serían catastróficas. Chocan así las dos tendencias, como en la vieja pelea entre Keynes & Hayek (http://www.elviejotopo.com/topoexpress/hayek-versus-keynes-el-debate-del-siglo/),  en la hipótesis nula sobre si los salarios bajos estimulan o inhiben a la producción. Aunque se disputen la dirección del gasto público y de la inversión social, ninguna pone en duda que la recuperación de la economía debe hacerse a expensas del medio ambiente y de la gente que no posee más que su fuerza de trabajo, las verdaderas fuentes de la riqueza social.

Decidir a qué tendencia le corresponde cual bestia, parece una menudencia literaria. Son igual monstruos de reformas rapaces. El keynesianismo es expresión teórica de una época globalizada e imperialista, de los grandes monopolios frente a la crisis general del capitalismo, su finalidad es encontrar fórmulas para prorrogar la vida de una sociedad con metástasis, acuciada por la disminución de la ocupación, por el aumento de los precios y por la imposibilidad de reiniciar sus ciclos de reproducción. El liberalismo se fundamenta deliberadamente sobre un error teórico con un claro objetivo práctico: afirma que la actividad económica es propia de la sociedad civil y que el Estado no debe intervenir en su reglamentación. Pero uno sabe que en la práctica sociedad civil y Estado tienden a identificarse, es decir, el liberalismo es también una racionalización de carácter estatal, introducida y mantenida por las mismas vías legislativas y coercitivas que critica y pretende derogar. Es un acto de voluntad de ascenso, consciente de los propios fines y no la expresión espontánea, automática, natural, del hecho económico: “El liberalismo, por lo tanto es un programa político destinado a cambiar, en la medida en que triunfa, el personal dirigente de un Estado y el programa económico del mismo Estado, o sea a cambiar la distribución de la renta nacional.”  (Gramsci, 1931) (http://www.gramsci.org.ar/TOMO3/053_economicism.htm)

Veamos este punto con mayor claridad, en la medida en que parece llevar dentro de sí una especie de opaca aporía. Un grupo de instituciones ha perdido la función de ejercer la soberanía, porque justamente en el estado actual de las cosas no tiene las fuerzas para fundar y hacer efectivo un poder jurídico de coerción. No puede apremiar, obligar, coartar, compeler, procurar sino limitarse a crear un espacio de libertad, garantizar su ejercicio y garantizarla precisamente en el ámbito económico. ¿Qué sucedería con aquellos individuos que aceptan libremente participar en ese espacio que dicho grupo de instituciones les asegura? No están obligados a ejercerla (al menos no por las instituciones) sino que solamente tienen la posibilidad de hacerlo. Sucederá que la adhesión a esa institucionalidad, significará el consentimiento inicial que incentivará la formación de esa soberanía política que el grupo de instituciones confesó haber perdido. Esta vuelta que parece más bien un chiste no es más que el ascenso de un nuevo grupo dominante. Así como en la Alemania de posguerra, las medidas de liberar ciertas restricciones de mercado resultaban justificadas por el reconocimiento de la ausencia de fuerzas estatales para contener a sus caprichos. Pero en realidad no eran más que las condiciones del Plan Marshall.

La teoría keynesiana puede resultar útil para el amortiguamiento de las crisis cíclicas de los países hegemónicos altamente desarrollados. Pero en los países subdesarrollados, los países mina, estructuralmente dependientes, endeudados, cercados y asfixiados por dinámicas que los hacen susceptibles a las economic warfare y demás distorsiones destinadas a desahuciar a sus poblaciones y territorios, si el Estado tiene los recursos para realizar inversiones que estimulen el consumo, estas no siempre determinan un aumento en la ocupación ni un aumento en la producción de bienes y servicios, sino más bien una hipertrofia en el comercio de importación de éstos, disipándose rápidamente la riquezas invertidas. Para los desarrollos nacionales, no son convenientes las inversiones mixtas de capitales interiores y exteriores, porque ello ocasiona la fuga de gran parte de las utilidades y el aumento de las deudas. Nada que sea realmente beneficioso para la nación, todo lo contrario.

Michael Roberts, en una nota sobre la actualización de estos mismos conflictos entre globalistas y nacionalistas (http://www.elviejotopo.com/topoexpress/proteccionismo-o-libre-comercio/), pone al final una reconsideración de Engels sobre su posición ante el libre comercio, cuando en 1888 escribió un nuevo prefacio al folleto sobre libre comercio que Marx había escrito en 1847. Engels dice que “la cuestión de libre comercio o proteccionismo se sitúa enteramente dentro de los límites del actual sistema de producción capitalista, y no tiene, por lo tanto, ningún interés directo para nosotros, socialistas, que queremos acabar con ese sistema. Se aplique el proteccionismo o el libre comercio, al final no habrá ninguna diferencia”.

En eso mismo discurso que Engels prologa, Marx dice al final, quizás ironizando, con él nunca se sabe: “en general, el sistema proteccionista es en nuestros días conservador, mientras que el sistema del libre cambio es destructor. Corroe las viejas nacionalidades y lleva al extremo el antagonismo entre la burguesía y el proletariado. En una palabra, el sistema de la libertad de comercio acelera la revolución social. Y sólo en este sentido revolucionario, yo voto, señores, a favor del libre cambio.” De hecho, en la ortodoxia marxista, no hay lo que denominan una racionalidad gubernamental autónoma. En todos los socialismos realmente existentes las tácticas y las estrategias se han confundido e intercambiado, el socialismo solo se ha podido llevar a la práctica si se le enlaza con diversos tipos de criterios gubernamentales. Algunas veces liberales, con contrapesos que cumplen el papel de correctivo a sus peligros internos. Otras veces keynesianos sui generis.

*

El continuo esfuerzo de conocernos a nosotros mismos se ve complicada por la tendencia, habitual a todos por igual, a engañarnos con conveniencias locales y transitorias, limitaciones del lenguaje o ignorancia sobre nuestra propia historia y mitología. Estoy seguro que este intento de comprender nuestra situación en términos de un cuento griego no es ni nuevo ni óptimo. Pero es lo que tengo a la mano para discutir ciertos puntos, así alimente los prejuicios sobre la repetición histórica y, por lo tanto, imposibilite ver lo nuevo que aparece desde una perspectiva menos colonizada. Decir que Caribdis es el proteccionismo que sorbe barcos y escupe escombros mientras que Escila es el perverso liberalismo que ni los dioses se alegrarían de ver pues junto a ella nunca ha pasado barco cuyos marineros se ufanen de haber escapado indemnes, es tomar partido en asuntos que parecen estar fuera de nuestro alcance, pues no somos del todo Ulises o su timonel, sino más bien sus compañeros en los remos. Sin embargo el mito tiene un detalle de interés para seguir pensando.

Circe, una diosa hija del Sol que se enamoró de un Ulises propenso a la brujería, lo alimentó, cuidó y ayudó a volver a su tierra. Le indicó el camino que pasaba por las islas de las peligrosas Sirenas que saben todo cuanto ocurre en la tierra, y luego por el estrecho entre Escila y Caribdis. En este particular, le recomendó que se inclinase hacia el hueco donde vivía Escila y que entonces apurase el paso, pues:

mejor es que eches de menos a seis compañeros que no a todos juntos.

Ulises le contestó

Diosa, háblame sinceramente. Si por algún medio lograse escapar de la funesta Caribdis, ¿podré rechazar a Escila cuando quiera dañar a mis compañeros?

Y la divina entre las brujas les dijo:

¡Ay, infeliz! ¿Aún piensas en obras y campañas bélicas, y no has de ceder ni ante los inmortales dioses? Escila no es mortal, sino una plaga imperecedera, grave, terrible, cruel e ineluctable. Contra ella no hay que defenderse; huir de su lado es lo mejor. Si, armándote, te demoras junto a la piedra, temo que se lanzará otra vez y te arrebatará con sus cabezas a los mejores hombres. Debes hacer, por tanto, que tu navío pase ligero, e invocar, dando gritos a la madre de Escila, la que les parió tal plaga a los mortales y ésta la contendrá para que no les acometa nuevamente.

Ulises no compartió por completo los consejos de Circe con sus hombres sino solo lo que pensó que les convenía saber. Además, antes del paso de peligro, olvidó parte del consejo: luego de arengarlos, pedir confianza y dar instrucciones a su capitán, se puso la armadura y agarró par de lanzas. Perdió a seis de sus mejores hombres. Dice el poema a mediados del canto XII:

Pasábamos el estrecho llorando, pues a un lado estaba Escila y al otro la divina Caribdis, que sorbía de horrible manera la salobre agua del mar. Al vomitarla dejaba oír un sordo murmullo, revolviéndose toda como una caldera que está sobre un gran fuego, y la espuma caía sobre las cumbres de ambos escollos. Mas, apenas sorbía la salobre agua del mar, se mostraba agitada interiormente, el peñasco sonaba alrededor con espantoso ruido y en lo hondo se descubría la tierra mezclada con arena. El pálido temor se apoderó de los míos, y mientras contemplábamos a Caribdis, temerosos de la muerte, Escila me arrebato de la cóncava embarcación los seis compañeros que más sobresalían por sus manos y por su fuerza. Cuando quise volver los ojos a la velera nave y a los amigos, ya vi en el aire los pies y las manos de los que eran arrebatados a lo alto y me llamaban con el corazón afligido, pronunciando mi nombre por última vez. (…) De todo lo que padecí peregrinando por el mar, fue este espectáculo el más lastimoso que vieron mis ojos.

 

*

Uno podría retardarse un poco más en el origen de Escila, una bella ninfa que los celos y las pócimas de Circe convirtieron en ese monstruo marino. También se podría hablar sobre cómo se universalizan ciertos signos en los que la función poética predomina sobre la función referencial: pensar que el conocimiento como un fenómeno de poder no consiste solamente en mostrar la relación entre lo abstracto y lo concreto, sino más bien en difractar interpretaciones de un mismo fenómeno cuando se construyen a partir de determinado grupo de discursos. Pero todo eso parece vanidad si se piensa en esos seis hombres sin nombre, por los cuales no se podía volver atrás para darles sepultura como sí se hizo con Elpénor, el remero más joven de la tripulación de Ulises, también muerto en circunstancias de sueño.

Para trascender el simple placer estético, con el que un televidente privilegiado se podría conformar mirando un capítulo de Games of Thrones donde se revisite el mito, habría que invocar el placer moral de los muertos. Dice Castoriadis: “la obra (clásica) conserva esta relación extraña, más que paradójica, con los valores de la sociedad; los afirma al mismo tiempo que los pone en duda y los revoca. La libre elección de la virtud y la gloria al precio de la muerte conducen a Aquiles a constatar que más vale ser esclavo de un pobre campesino en la tierra que reinar sobre todos los muertos en el Hades.” Por eso intento maquiavelizar a Odisea, ver a su héroe como el símbolo de la voluntad colectiva de un pueblo, siendo el objeto del poema la exposición de las características concretas, las trampas y los lugares comunes de las épicas populares. Un Ulises moderno que se desarrolla perturbando todo el sistema de relaciones intelectuales y morales, en la medida en que cada acto es concebido como virtuoso o perverso, sólo en cuanto tiene como punto de referencia a su viaje y sirve para llevarlo a término u oponerse a él. Releo a Odisea solo en la medida en que puede desvestir de religiosidad a todas las relaciones de las costumbres que se despliegan en este momento donde el capitalismo se presenta, con leves fracturas, como el único horizonte de posibilidades para el país, la región y el mundo entero. La astucia de Ulises le procuró su paso por el estrecho, así como otros numerosos prodigios, por los que pudo realizar ileso su vuelta a la patria. Pero lo hizo solo y sin el coraje de la verdad. (http://la-tabla.blogspot.com/2015/10/fidel-el-fracaso-de-la-zafra-de-los-10.html)

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