César Panza, Soberanía energética

LA SOBERANÍA DE LA ENERGÍA (y II) CONSIDERACIONES IMPERTINENTES – CÉSAR PANZA

Los ecólogos tienen razón al afirmar que toda energía no metabólica es contaminante: es necesario ahora que los políticos reconozcan que la energía física, pasado cierto límite, se hace inevitablemente corrupta del ambiente social. Aún si se lograra producir una energía no contaminante y producirla en cantidad, el uso masivo de energía siempre tendrá sobre el cuerpo social el mismo efecto que la intoxicación por una droga físicamente inofensiva, pero psíquicamente esclavizante.
—I. Ilich

Lo que buscamos es repolitizar la cotidianidad, ya sea desde la cocina, el trabajo o la huerta. Eso es lo que queremos hacer aquí, en nuestro espacio El Tambo. Articular el trabajo manual con el trabajo intelectual, producir pensamiento a partir de lo cotidiano.

—S. Rivera Cusicanqui

 

 

Usos de las cronologías

Para ejercitarse en la conexión entre hechos aparentemente ajenos entre sí, como forma de análisis de la realidad y sus situaciones, las lecturas a las cronologías son una actividad idónea y oportuna. Con una serie que paraleliza el quehacer de los escritores de América Latina, con su la geohistórica regional y la del mundo, una lectura cuidadosa revela simultaneidades fascinantes: como saber que Vallejo escribía Trilce mientras asesinaban a Emiliano Zapata y a Rosa Luxembergo; que hubo conatos de guerra entre Colombia y Venezuela por el Arauca mientras Rutherford experimentaba con la transmutación artificial, suerte de alquimia atómica; que Lee De Forest patentaba la primera tecnología de sonido óptico (sic) a la vez que Keynes publicaba Las consecuencias económicas de la paz.

En el examen que hemos venido haciendo de dos estafas político-económicas a la soberanía política y energética de la nación venezolana, el 23 de Enero y la cesión de regalías en el negocio petrolero del 50-50, nos interesamos por dos tiempos: 1958 y 1959. Una lectura al condensado hipertextual de acontecimientos y efemérides, albergado en Los años de Wikipedia, llama nuestra atención en cuanto a la confluencia de eventos en dichos momentos. En 1958 comenzó El Año Geofísico Internacional, lapso de tiempo para explorar toda la tierra e inventariar sus generosos caudales. La carrera espacial recién comenzaba entonces, midiéndose al colocar satélites artificiales en órbita. Los Estados Unidos realizaron más de 50 prácticas con bombas atómicas, sobre todo en atolones del Pacífico e incluso una en el espacio exterior, mientras que en el viejo continente se fundaba la Comunidad Económica Europea.

Al sur de la región, en Argentina, finalizaba el primer ciclo del peronismo. Arturo Frondizi asumía la presidencia de Argentina, e inmediatamente hacía frente a la crisis energética –desatada por la industrialización de los años precedentes– anunciando La Batalla del Petróleo, cuyo objetivo era nacionalizarlo, monopolizar el sector con YPF y lograr el autoabastecimiento de hidrocarburos. Polémicamente y en poco tiempo logró parte de sus objetivos, contando con un crédito concedido por la Unión Soviética, para adquirir equipos petroleros rusos, y asociándose a la vez con la Standard Oil de California, a pesar de haberse hecho famoso por su dura crítica a los contratos entre dichos yanquis y Perón.

Para 1959 triunfaba la Revolución Cubana, cambiando por completo el escenario geopolítico del Caribe. Los soviéticos superan por primera vez a la segunda velocidad cósmica, envían un par de sondas a la luna, desde donde realizan las primeras fotografías de su lado oscuro, mientras que los Estados Unidos ponen a orbitar al primer objeto en torno al sol, y un poco luego un satélite con fines de observación meteorológica. En ese mismo año se firma el Tratado Antártico y se crea el Banco Interamericano de Desarrollo, precursor financiero de la Alianza para el Progreso.

En ambos años la Academia Sueca premió a físicos rusos y americanos que avanzaron investigaciones en fenómenos energéticos de radiación y partículas elementales.

Las emanaciones de la guerra

Desde el fin de la segunda gran guerra europea, se sucedieron cambios rápidos, profundos, debidos al reseteo de todas las relaciones internacionales. Una Europa en reconstrucción, ya no contaba con los lazos económicos con la América Latina. Estados Unidos mantenía la fortaleza propia de ser uno de los países vencedores, erigiéndose como el nuevo imperio del mundo con una política exterior signada por la lucha contra la expansión del comunismo. Su hegemonía mundial se expresaría en un arreglo mundial petrolero o, mejor dicho, energético, que tributaba a sus trasnacionales. Incluso se hizo dominante la tendencia a dejar en manos de dichas empresas toda regulación del mercado petrolero, incluyendo prerrogativas políticas en los países donde se viesen asentadas. De allí que, en particular, las relaciones entre los EE. UU. y Venezuela estuviesen cada vez más condicionadas por las determinaciones del mercado petrolero.

Es bien sabido, sin embargo, que la regularidad “espontánea” de los mercados y, en general, de la vida económica, se ve afectada por factores de índole político. Así, el hilo fantasma que teje a los eventos entre el 58 y el 59 obedecía a distorsiones que databan desde el final de los años 40. En palabras de la profesora M. López Maya: “El violento aumento de la demanda para llenar los requerimientos de la reconstrucción europea y la reconversión de la industria norteamericana” deformó la estabilidad y el orden de la producción de petróleo. Más aún, “el mercado no lograba estabilizarse por los crecientes temores de una posible Tercera Guerra Mundial que enfrentaría a los EE.UU. con la URSS”. La demanda repentina de energía para tributar a la hecatombe europea, para reproducir y ampliar a los ciclos productivos norteamericanos y, sobre todo, para alimentar el mortecino influjo de la Guerra Fría, condicionó a que el complejo político-militar estadounidense se involucrase activamente en el sector energético: “esta segunda variable agravó el factor de angustia que existía previamente, acentuando el síndrome de escasez y provocando la consiguiente injerencia del sector militar estadounidense en el campo de las relaciones petroleras internacionales con miras a asegurar que ciertos países estratégicos, léase principalmente Venezuela, fueran lugares seguros para el abastecimiento si se presentaba una emergencia”, agrega la profesora López Maya en su ensayo sobre de las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela entre 1945 y 1948.

Es sorprendente la similitud con el presente, aunque sea cierto que el mundo ha cambiado, es mucho más complejo. Sobre todo porque ya no existe la URSS, ni bloque parecido en modo alguno. Pero, aunque el mundo ya no sea el dipolo de mediados de siglo XX, las emanaciones de la guerra siguen determinando las líneas de conducta del vecino imperialista. La conexión cronológica que implica el examen y la revisión de los eventos energéticos de hace medio siglo, no obedece a gríngolas ideológicas; todo lo contrario, pues nuestro apelación al siglo XX resulta de la continuidad histórico, así como la que hay entre los 40 y los 50. El siglo pasado el precedente del Estado de Excepción global, la privación al acceso a los recursos energéticos y la generalizada violación a los Derechos Humanos que de ello se deriva, vividos hoy. La crítica al imperialismo no solapa a la defensa de los DDHH, la incluye en toda su trama internacional.

La descomposición de los usos de la energía

Mil novecientos cincuenta y nueve también sería el centenario de la industria petrolera estadounidense. Para celebrar la fecha se realizó el simposio de “Energía y Hombre”, donde más de 300 especialistas se congregarían a discutir sobre el primer motor del siglo –la energía– y su principal fuente: el petróleo. Uno de los expositores de esa jornada sería el físico Edward Teller, padre de la bomba H y quien cinco años antes fuese condenado al ostracismo por la comunidad científica tras acusar a su colega Robert Oppenheimer, durante una auditoría de seguridad y bajo auspicio del infame J. Edgar Hoover, de ser un espía comunista. Teller, sin embargo, mantuvo el vínculo con la industria y el gobierno. El objeto de la exposición del físico en el simposio del 1959 eran los patrones de energía del futuro. Sus palabras dieron un giro inesperado y profético. Dijo:

Señoras y señores, debo hablarles sobre la energía en el futuro. Comenzaré explicando por qué creo que los recursos energéticos del pasado deben ser complementados. Primero que nada porque estos recursos energéticos se agotarán a medida que utilicemos más y más combustibles fósiles. (….) Pero me gustaría mencionar otra razón por la que probablemente tenemos que buscar suministros de combustible adicionales. Y esto, extrañamente, es la cuestión de contaminar la atmósfera. (…) Cada vez que quemas combustible convencional, creas dióxido de carbono. El dióxido de carbono es invisible, no puedes olerlo, no es peligroso para la salud, entonces, ¿por qué debería preocuparnos?

El dióxido de carbono tiene una propiedad extraña. Transmite luz visible pero absorbe la radiación infrarroja que se emite desde la tierra. Su presencia en la atmósfera provoca un efecto invernadero (…) Se ha calculado que un aumento de temperatura correspondiente a un aumento del 10% en el dióxido de carbono será suficiente para derretir la capa de hielo y sumergir a Nueva York. Todas las ciudades costeras estarían cubiertas, y, dado que un porcentaje considerable de la raza humana vive en regiones costeras, creo que esta contaminación química es más grave de lo que la mayoría de la gente tiende a creer.

En el auditorio estaban presentes científicos, historiadores, economistas, funcionarios gubernamentales y ejecutivos de la industria, así que es muy difícil imaginarse o promediar la reacción general, más allá de la sorpresa. Luego, en el ciclo de preguntas y respuestas se le pidió a Teller que sintetizara con brevedad la proyección del peligro en el aumento del contenido de dióxido de carbono en la atmósfera. Este respondió con una simple progresión geométrica:

En la actualidad, el dióxido de carbono en la atmósfera ha aumentado un 2% por encima de lo normal. Para 1970, será quizás del 4%; para 1980, un 8%, para 1990, 16% por ciento. Si continuamos con un aumento exponencial en el uso de combustibles estrictamente convencionales, para entonces, habrá un serio obstáculo adicional para la radiación que sale de la tierra. Nuestro planeta se calentará un poco. Es difícil precisar en cuántos grados.

Pero cuando la temperatura aumenta unos pocos grados en todo el planeta, existe la posibilidad de que los casquetes de hielo comiencen a fundirse y el nivel de los océanos comience a subir. No sé si cubrirán el Empire State o no, pero cualquiera puede calcularlo mirando el mapa y observando que los casquetes sobre Groenlandia y sobre la Antártida tienen tal vez kilómetros de espesor.

Aunque actualmente la disputa por la verosimilitud de tal tesis esté encendida en polémicas deshonestas e irresponsables, también se tiene conciencia de que tras el protocolo de Kioto hay algo más que una preocupación desinteresada por el inestable equilibrio de la biosfera o por el despilfarro de la energía destinada al dominio sobre los flujos materiales, cada vez más voluptuoso, desaforado y asimétrico.

Todo control en la emisión de gases de invernadero ha sabido esconder dentro de la conciencia ecológica el fin de controlar el crecimiento industrial de las potencias rivales. Si la carrera espacial y armamentística que definió a la Guerra Fría significaba una distracción en la investigación sobre la ecología social, la lucha por el control de los mercados y los recursos del planeta hoy se disfraza hipócritamente de verde y sustentable, mientras avanza en la autofagia de la biosfera.

La dinámica ulterior del imperialismo que preconizaría Lenin parece no haberse visto alterada por el inventario de los recursos del planeta ni la alteración de los fenómenos atmosféricos. En su seno se encuentra la simiente de una catástrofe mundial, la destrucción de sí misma y su entorno, esto es: la suprema corrupción que significa destinar energía para la guerra. Procurando esta cada vez más restricciones para las condiciones en las que la vida ejercita su esencia, a saber, la capacidad de reinventar su existencia. Llevada al límite tal podredumbre, luego de que se disipen los hediondos efluvios de la guerra, los ciclos vitales del mundo entero se verán forzados a dar un giro violento, quizás fatal, en los usos de la energía, el trabajo y la vida. En el mejor de los casos, podría significar el retorno a viejas formas de organización más brutales.

Los límites del entorno geopolítico

Einstein Millán, en un artículo reciente donde procura desnudar los intereses energéticos detrás de la injerencia explícita de EE. UU en la política venezolana, apunta que a pesar de la emergencia de energías alternativas, sus costos son superiores al segmento fósil. Así pues:

la energía fósil continuará su protagonismo entre unas de las más sostenibles y rentables fuentes de energía del mundo, por lo que no estamos tan seguros de que su uso desaparezca de la faz de la tierra, como la fundamental fuente de energía en lo que queda de siglo; ni siquiera a quedar relegado a un segundo plano (…) Lo que sí va a suceder, es que a la vuelta de tan solo 5 o 10 años, comience el retiro uno a uno, de algunos protagonistas tanto OPEP como No OPEP, por la sequía tanto en sus reservas como en su producción propia. Se dará inicio al fin de algunos de los más prominentes productores de crudo de la región.

No hace falta ser un erudito, sino poner los pies sobre la tierra para advertir, que al mundo le quedan tan solo 40 años de reservas a la tasa de consumo actual y apenas 30 años al “corte” del 75% de tales reservas (…) Si el consumo mundial se incrementa en tan solo 10%, el tiempo de vida de tales reservas se deteriorará sustancialmente a una más crítica tasa de aceleración.

(…)

De no añadir sustancialmente reservas, a Colombia le quedan solo alrededor de 4 años, EEUU unos 7, Brasil 13, China 13. Saquen ustedes sus propias conclusiones. En América, entre el Ártico y el Antártico, no quedaran muchos de pie, sino “prácticamente” un solo suplidor; Venezuela.

De allí la insincera alarma regional por la situación nuestra. Pero debemos ir más allá. Es desde esa perspectiva que Andrew Korybko reinterpreta y amplía la narrativa predominante de que Washington quiere imponer un régimen títere y proyanqui en este país para controlar el crudo venezolano. El analista ruso manifiesta que dicha campaña no tiene mucho sentido si se considera que EE.UU. es nuestro principal cliente: somos el tercer mayor proveedor de importaciones de hidrocarburos en el país del norte, ellos nos compran el 41% del total de las exportaciones nacionales y, además, sus necesidades están más o menos cubiertas por la producción canadiense. El analista agrega en su nota:

Además de garantizar el control geopolítico total sobre la Cuenca del Caribe y confrontar ideológicamente al modelo socialista, los EEUU desean obtener una influencia dominante sobre Venezuela para incorporarla en una estructura paralela a la OPEP y así desafiar el acuerdo conjunto OPEP + Rusia + Arabia Saudí con la formación de un cartel de “Países de América del Norte-Sudamérica Exportadores de Petróleo” (NASAPEC, por sus siglas en inglés). Esta entidad funcionaría como el componente energético de “La Fortaleza Americana” y tendría el potencial de ejercer una poderosa presión a largo plazo en el mercado internacional del petróleo, a expensas de Rusia y Arabia Saudita. Cuando se combinan con los planes de inversión en Gas Natural Licuado (LNG, por sus siglas en inglés) de los EEUU y Qatar, es evidente que Washington está jugando un papel de poder global para controlar la industria energética mundial

Venezuela cabalga sobre contradicciones geopolíticas que involucran a todo el planeta. Rusia, como exportador de crudos, corre severos riesgos si Estados Unidos corona una posición para manipular los precios de lo que mueve al mundo: la energía. La fuerza militar también cruza la situación, pues “con el aumento de los costos asociados a la nueva carrera armamentística que generó Washington con el retiro del Tratado INF para ejercer una inmensa presión sobre Moscú”, se reinaugura la Guerra Fría. No es retórica aseverar que el destino del mundo parece estar destinado a decidirse en la tierra bolivariana.

En la tradición política de nuestros agresores figuran numerosas operaciones de desestabilización, golpes de estado, asesinatos, invasiones e intervenciones militares. La geopolítica de la energía parece ungirlo una vez más, a los EE.UU., con el privilegio de intervenir en el futuro de un territorio fuera de sus fronteras. Cuando en realidad se trata del comportamiento de una nación socialmente intoxicada y psíquicamente esclavizada al consumo de la energía producida con hidrocarburos.

Precisiones impertinentes

Toda discusión sobre geopolítica, petróleo y energía parece si no absurda, impertinente. Sin duda porque trata a un fenómeno un tanto lejano de la vida cotidiana y de la compresión básica de la sociedad y la historia. Sin embargo, recientemente, un polémico y oscuro exministro de Macri, Juan José Aranguren, manifestaría, en el marco de los aumentos en las tarifas de los servicios y la restricción a su acceso, que no está de acuerdo con que la energía sea un derecho humano.

Nuestro caso nacional parece estar en el lado opuesto al hipercapitalismo del cono sur. Compensando un poco que el ingreso promedio oscile entre los 10 y los 6 USD mensuales, en Venezuela las tarifas son absurdas por lo bajas y, en general, debido a razones más complicadas, parecemos estar casi igual de marginados de la energía en cuanto al acceso a los alimentos, al agua, al gas y al transporte. Un escenario que augura privatizaciones masivas, como si cambiar la mano o girar hacia el neoliberalismo le haya dado resultado a algún vecino. En toda la región, nos vemos cada vez más apartados de participar de los flujos materiales sea por la inmisericorde mercantilización de los recursos energéticos o sea por las incompetentes gestiones de la energía. Son situaciones equivalentes en la desvinculación con la población que la genera y la usa, así como también de los debates y planes sobre el desarrollo y crecimiento posible –y deseable– de la economía nacional e internacional. Al respecto, leamos por un momento lo que José Rigane nos dice desde nuestro espejo sur:

“La idea de la soberanía energética es un concepto, un camino, que debe marcar un horizonte que involucra necesariamente a muchos planos de la vida social, económica y política del país. El hecho de ser soberanos energéticamente implica un modelo de desarrollo nacional radicalmente distinto al que tenemos. Pero soberanía energética es mucho más que una tarifa barata, si bien esto es un tema fundamental en el actual contexto de crisis, la soberanía energética requiere la construcción de un nuevo tipo de desarrollo económico y social del país para el conjunto de los ciudadanos.”

Rigane es trabajador de la energía en Argentina, es secretario adjunto de la CTA Autónoma, secretario General de la FeTERA y del Sindicato de Luz y Fuerza en Mar del Plata. En un artículo titulado “La energía mueve todo”, recorre varios puntos que constituyen la noción de soberanía energética: (1) su preservación para la garantía futura, (2) el abandono de la concepción de la energía como una mercancía, (3) su vinculación con el desarrollo científico, (4) su ascenso a la categoría de bien estratégico para el desarrollo de la economía, (5) el diseño de un nuevo modelo de gestión energética racional, moderna y democrática que se apoye tanto en los trabajadores como en los usuarios y (6) considerar que la soberanía energética van en dirección opuesta al despojo capitalista, al saqueo de los recursos que lo caracteriza. Cierra Rigane diciendo algo fundamental:

“Por último, es indispensable la diversificación de la matriz energética en la Argentina incorporando recursos como las energías renovables que hoy están en discusión y que no tienen nada más que un destino comercial, pero que para nada están planteados como la posibilidad del desarrollo de energías alternativa a los hidrocarburos. Es decir, así como el petróleo y el gas están en manos de multinacionales y de grandes capitales nacionales (que muchos de ellos responden a grandes inversores mundiales), los parques eólicos y solares y otras fuentes alternativas hoy también están en manos privadas.”

En nuestro caso, el tema del petróleo y la energía, la guerra y la geopolítica es cada vez más fundamental. Quisimos articularlos históricamente con el afán de encaminar una discusión concreta al respecto, pues comprende a todos los ítems de la pena y la lucha diaria, inscritos en la sucesión de convulsiones políticas aparentemente disconexas. Concebir a las regalías como capital nacional del subsuelo es un riesgo, pues no se trata exactamente de trabajo muerto. Sin embargo sirve al fin de disipar los miasmas de la guerra y sus negociaciones, para pensar más allá. Por ejemplo, en invertir recursos en inventariar las fuerzas productivas de la nación, en cambiar la matriz energética del país y circunscribirla a niveles de consumo que no impliquen ni la degradación ni el agotamiento del cuerpo social. La agenda de construir un modelo energético sostenible y accesible es urgente, si de verdad se quiere hablar de recuperación, crecimiento y prosperidad económica. Postergar su debate nacional es prolongar nuestras angustias, sobre todo porque se trata del nervio de la agresión imperial, y el lugar de los mayores errores políticos y económicos de estos últimos 20 años.

Se trata de cuestionar la idea dominante que enuncia que con la energía solo se hacen negocios, que en nuestro caso local se traduce en la intención alocada de aumentar la producción para adquirir divisas a como dé lugar, para luego cambiarlas por bienes importados, sin pensar en frenar el gasto inconsciente y antinacional, sin pensar en –como diría Maneiro– los medios para disminuir el lujo y la estulticia en el gasto público, las dos grandes bestias que alimentan al descontento popular al contrastar cada vez más con la depauperación a la que nos ha sometido la guerra económica. El petróleo vale más por su potencialidad energética que por su precio de mercado. Vale más si se destina disciplinadamente una porción para preparar las velas que alumbren en la oscuridad de los tiempos que se avecinan sobre nosotros. Habría que apropiarse del mismo afán con el que hace 60 años se destinaban cantidades ingentes de energía para explorar tanto al globo terrestre y su espacio orbital, como al microcosmos del átomo de hidrógeno. Cotidianizarlo. Reformularlo a la medida de nuestras necesidades y posibilidades.

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