Federico Ruiz Tirado

CRONICA SENTIMENTAL DEL CARACAZO – FEDERICO RUIZ TIRADO

Para el 27-F de 1989, vivía en Mérida en una casa a medio hacer con barro amasado por un alfarero de la ribera del Albarregas y lajas de madera color carrubio. Cuando llovía con resolana, surgían de sus arrugados muros unas sombras que hacían una insólita cartografía quebradiza y deslizante, casi movil, poblada de gente, animales de otra era y aves en pleno vuelo. También se hospedaba en un canalete oxidado una familia de iguanas que se emparentó conmigo y miraban todo, sabían de los allegados y dormían como muñecas de trapo.

En esa casa leíamos en voz alta, cantábamos, comíamos y a veces dormíamos un grupo de guaros a quienes nos miraban raro los vecinos, aunque a veces compartíamos con ellos una que otra crónica de un viaje ilusorio contado por el Conde Blue, experiencias sobre el cultivo de plantas según las fases de la luna y otros fenómenos de la vida nocturna, las lluvias pronosticadas y la preñez de las gatas. El tema vital siempre fue la construcción política y los debates de los factores que determinaban los liderazgos, el desgaste de los discursos, la vanguardia y la literatura.

No era ésa, no obstante, mi única estancia en la ciudad. La itinerancia me hizo alojar en hoteles y residencias de lujo, me llevó a comer sus bifés y a reunirme con unos banqueros “progresistas”. Pernocté también en apartamentos vacíos; en posadas sin estrellas y en las distintas casas de mi hermana y mi padre, quien sin muchas palabras, pero con bastante agudeza, sabía tener una “concha” segura para sus hijos varones que, como él, queríamos tumbar a Carlos Andrés Pérez. Ya para entonces, murmurábamos entre nosostros a Hugo Chávez, aparecía disfrazado Douglas Bravo (yo lo había visto antes en Lara, año 1978), y de vez en cuando conversábamos con Francisco Prada, El Flaco, en una habitación donde Ruiz-Guevara hizo nuestra segunda casa paterna en unión con Catalina Tórres, una campesina italianizada de los lados de La Azulita y dedicada a la cristiandad y a su arquitectura desde los siglos de los siglos.

Todos sabíamos que en la superfìcie nacional, en las esquinas de Venezuela, se movía un monstruo para devorarnos; un bicho que giraba como un tíovivo imposible de detener por los dueños del circo que se había instalado desde los tiempos del Pacto de Punto Fijo, o antes, cuando en sus bideles perfumados orinaban sus aguas benditas el Guzmancismo o los amoníacos del caudillismo y las tiranías de Gómez y Marcos Pérez.

Pero muchos sabíamos que se anunciaba la caída de un modo de vivir y de ejercer los asuntos públicos y la llamada democracia representativa, sustentada y consensuada hasta ese momento por una riqueza que sólo Dios nos dirá algún día por qué la alojó en las profundidades del subsuelo venezolano. El petróleo, o como lo dijo el blasfemo de Domingo Alberto Rangel, ese “excremento del diablo”.

El 27-F del 89 yo vivía en Mérida, ya lo dije, pero como especie humana estaba en Guarenas, alzado por el aumento de la gasolina y el acaparamiento de los alimentos. Vivía en Mérida, es verdad, pero todos mis amigos nos convertimos en un ser gigantesco para plantarnos en Caracas de cara al Fondo Monetario Internacional y caer abatidos defendiendo ese gajo existencial llamado dignidad, pedazo de vaina que no iba a entrar en el anunciado “mundo de los negocios”, como caracterizó en 1974 Alfredo Maneiro, el contenido de aquella salutación de año nuevo en la que con curiosa paradoja se refirió a la condición petrolera venezolana Rafael Caldera, anunciando que “gracias a la providencia”, ahora sí, Venezuela iba a saltar el charco del subdesarrollo.

Desde ese “boquete” nació lo huidizo, dialécticamente sea dicho, para referirnos a esa Venezuela atrapada entre los paréntesis, los intentos de maquillajes, los ojos, todos los ojos de los centros de poder del planeta puestos y prestos sus laboratorios de guerra sobre lo sucedido y retratado en blanco y negro por Frasso y Tom Grillo.

Tres años después, sucedió un fenómeno, apareció un hombre, renació un país, que nos dieron la gracia, la dicha, de creer que despertábamos de lo más oscuro de las cavernas para plantar la ilusión de un barco navegando la ruta hacia un puerto apacible: el 4-F, Hugo

Chávez y un pueblo alzado como pájaros contra la gran costumbre.

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